…lo mejor ha sido poder darle una oportunidad. Tener la capacidad “fría”
de alimentarla a pesar de sentir no poder hacerlo. Conseguir superar la “angustia”
incial de que no pasara de los 3 primeros días. A pasar a la “preocupación” de
cómo organizarnos para que no dejara de crecer, pasados ya el instante “crucial”.
Y es que… se me hace raro. Llevo estos meses deseándole cada día un
día más, y con ello también ultimando los días contando segundos hasta verla
volar. Aún así no puedo dejar de sentir como si algo me apretara el pecho. Quizás
solo sea que he llegado a casa y al no escucharla, la echo de menos.
Me la imagino mirándome como cuando ayer nos embarcábamos “a casa” de
viaje. No negare que yo estaba más nerviosa que ella, por como pasaría el
trayecto. Si por el ruido o “traqueteo” el extres le afectaría en el después al
llegar. E incluso me plantee (idiotamente) si podría darle algo por el camino y
me daría el susto de mi vida.
Y me la imagino allí, hace escasas horas… buscando la sombra, moviéndose
al compás de ella. Esa forma suya de girar 360 grados a la derecha e izquierda
y que súbito sintiera que por esa instantánea lo mismo nos costaría un
accidente por milésima de segundo. Persistente en rastrear y encontrarse con mi
“imagen” mientras cantaba, y de reojo yo… la miraba “a salvo”. Y es curioso
cuanto ha dejado a su paso haciéndose grande. Cuanto a sumado a cada día. Como
ha transformado cada uno de los pasos…
Mentira… es lo que parece hoy. Si al dejarla acabar su recta final para
comenzar su vida, lo que brotan irremediable de mis ojos son pequeñas gotas
livianas de alegría, de ganas locas porque vuele, de gozo por lo que ha
conseguido y de agradecimiento por su (tan valioso) tiempo. Ella no lo sabe… mientras
la cuidábamos, y veíamos crecer, ella nos hizo crecer a todos nosotros.