Son los que “(nos) marcamos”, enfrascamos y construimos. Aquello que
decidimos en algún punto entre lo que sucede, y lo que sabemos que merecemos.
Lo injusto nos hace exigir a los demás más normas, más “parámetros” …en definitiva…
más limites de los que nos pondríamos a nosotros mismos. Lo fácil seria
protegerse, lo menos fácil llega por si solo cuando ya has experimentado “con
creces” un bagaje con repetidas situaciones, algunas… agotadoras. Las
experiencias nos marcan, allí donde tocamos fondo, y (queramos o no) nos definen
sin palabras. Arrastramos y defendemos todo lo que nos desborda. Alejamos y “delimitamos”,
y nos pedimos. Reivindicamos mientras nos encabezonamos…
…y con… o sin razón… ponemos e
implantamos limites.
Admito (en mi caso y solo en mi caso) que en más ocasiones de las que
me gustaría son necesarios, cada uno por los cuales luego hay recompensas o
simples promesas con más de un guantazo. Son las desilusiones… las decepciones
profundas… las que nos conducen... nos llevan y ejercen el poder para en el “desfragmentar”
se unan los pedazos, entendiendo y sintiendo que los necesitamos para seguir “pegándonos”.
Para no insistir, para no caernos… donde
siempre queremos “volver”. Aquello que conocemos, que nos es “familiar” y donde
hasta ahora y a pesar de ser solo un “trozo” en el destrozo es más casa, más
nuestro y profundo que lo que admitiríamos delante de alguien que nos conoce casi
tan bien como nosotros mismos.
Aprendemos… a delimitar. Construimos sobre lo vivido, nos hacemos de
rogar y para no repetir lo destruido, en el “reinventarse” no entra eso de
mentirse ni de volver a golpearse con lo “ya conocido”. Así que por segundos
consecutivos te rindes… te dejas caer con todos los pedazos sin intentar seguir
luchando ni pegaros. Quedando tú… abrazando todo lo que eres e implicas, sin
nadie… sin nada que perder… y al sentirlo sin poder explicarlo... lo sabes. Son
ellos… esos mismos… los que se encargan… de poner a los demás en su sitio,
incluso cuando no sabes ni como hacerlo. Son los que siempre están ahí, los que
te abren a los demás eligiendo las puertas por puro instinto, el propio, ese
que aún estando locamente perdi@, te encauzan… te endulzan, ablandan el corazón
haciéndote más human@, más empática pero más dura, esos mismos son los que te
cambian. Los que “formulan” otra parte de ti que desconocías hasta ahora, esa
que no estaba ahí, porque hasta hoy no la merecías al necesitarla. Y ahora que
no la necesitas… y la conoces mirándola en ese mismo espejo en el que te ves
cada día, te hace un poco más fuerte. Una vez aceptada… eres más tú, de lo que
eras antes. Y es mejor… que cualquier protección que te hubieras construido
hasta ahora. Ya no hace falta huir de situaciones, ni personas, ni protegerte
de nada, solo mirarse a los ojos y escribir bien cada uno, que en el “orden” de
tú desorden todo tenga cabida, todo este fuera de lugar en su sitio y que quien
quiera quedarse no intente estar sino implicarse, que quien no sepa cómo
entienda porque “tampoco”, y aquel que quiera aprovecharse sienta sin tener que
explicarle… que pierde antes de moverse. Que todo este… donde merezcas. Donde realmente…
quieras.
Eso… es lo único importante.
No hay comentarios:
Publicar un comentario