Siempre me resulto
curioso y admirable, a la par que cobarde y entrañable, que existieran personas
capaces de guardar, tragar y custodiar sentimientos. No cualquiera de ellos… de
esos que son para gritar, proclamar y llevar por todas las ciudades,
llenándolas de abrazos, sonrisas e infinitas ráfagas de luz brillante. Tanto…
como para iluminar partes, tanto… como para rescatar personas, tanto… como lo
valioso de una mano “confortable” cuando faltan los segundos sueltos, y estas
llen@ de entuertos. Tanto…como para encender e incendiar partes, esas “partes”,
(quizás) en otras personas, (que
teniéndolas), justo en ese instante, no pueden abrazarlas por lo que sea.
Siempre me resulto
curioso… muy curioso… demasiado curioso. Ya que tenía (por experiencia) otra
versión al respecto. Ya que consideré, que el atesorar erróneamente (en mi
opinión y desde mi punto de vista) al no sacarlo, entregarlo y compartirlo a
las cuatro mil voces, inundando otros corazones, haría hueco… pozo y fondo en
algún momento, por segundos aparecería de seguro en un día no resuelto. Y que
la vuelta sería como un karma regalando patadas en el culo lleno de
remordimientos no hechos.
…y que casualidad… que
justo eso, solo me ha pasado con las que más cariño les tengo o he tenido. Y
qué bonito… ver luz, donde quizás solo hay cierto miedo a sentir, a decir por pánico
a arriesgar e incluso terror (este es el top ten de la lista) por si (encima) salía
bien. Y que bien… hacer todo lo contrario… lo insólito, lo poco frecuente, todo
aquello contrario a protegerse, a dejar de escucharse y seguir creyendo que es “hacia
adelante”, siendo solo como un espejo, mirando “hacia otra parte”.
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